Algunos libros de historia de la filosofía suelen caer en el error de pretender alcanzar la neutralidad más férrea o la ley del ‘yo no me mojo’. No sucede así con las Lecciones Preliminares de Filosofía de Manuel García Morente. La historia de la filosofía también es un proyecto, diferente ciertamente de la llamada Filosofía de la Historia que nace con Kant. Pero a diferencia de ésta, la historia de la filosofía tal y como la trata Manuel García Morente es indisociable de un quehacer, mientras que la filosofía como tal, es un hacer, es la historia de un tipo muy especial de producción. En este sentido puede establecerse la conexión con Deleuze quien entendía la filosofía como esencialmente productiva frente a la clásica concepción contemplativa de la misma o simplemente, un trasunto únicamente de la lingüística, allí donde tanto la filosofía analítica anglosajona como la hermenéutica han hecho aguas. En la lectura de Lecciones Preliminares de Filosofía, Morente ha comprendido a la perfección que no se trataba de realizar un manual, siempre socorrido y útil en todo caso, sino de trazar líneas entre filosófos hasta el punto de conceder que el paso (el acontecimiento) entre por ejemplo Descartes y Kant es un paso de contornos difusos, una fondo vago e incluso tenebroso que funcionaría a modo de precursor oscuro en un primer momento y de fondo borroso en otro. Dicho de otro modo, Morente narra sus Lecciones haciéndonos notar que nos adentramos en algo oscuro, en un viaje del que no sabemos cómo hay que salir ni tampoco si debemos hacerlo. Lo que sí queda claro, es que esta incursión morenteana de la historia de la filosofía existe un proceso que se va actualizando a medida que el libro es escrito o leído. Los conceptos son expuestos como planos de inmanencia o como dispositivos que anuncian y expresan la fuerza de una resolución del pensamiento frente a un problema concreto. Esto además, es patente en García Morente en tanto en cuanto existe un préstamo sin deuda infinita o esa carrera de relevos, esa flecha lanzada a lo lejos que es recogida por otro el cual, a su vez, vuelve a lanzar al horizonte. Pero este lanzamiento de flecha, esta recogida de ‘testigo’, no se realiza en ningún momento de manera circular. No si como hemos dicho entendemos aquello que es la filosofía dentro del ámbito de la producción. Continue reading ‘La Parte Maldita de la Filosofía: El Concepto Desatado’


Hace tiempo me encontré con una verdadera tesoro de libro: Pericles y Verdi. La filosofía de François Châtelet, de Gilles Deleuze [Nota: todas las citas expuestas en este post se encuentran en ese libro]. A día de hoy puedo decir que es un libro clave para el desarrollo de alguno de los proyectos en los que ando metido. Pero para el caso, la riqueza de libro no sólo estriba en las cuestiones en torno a la democracia y las figuras de Pericles, de Verdi. El libro entero es un homenaje a la expresión ‘procesos de racionalización’.

Según Deleuze, el valor de la pasión en el pensamiento es ‘no saber de antemano cuando alguien, eventualmente, será capaz de instaurar fuera de él un proceso de racionalización’. Incluso si sabemos quienes han sentido, padecido e incluso tratado y dado cuenta de estos procesos (Koyré, Bachelad, Canguilhem), la pregunta sigue en el aire… ¿por qué tratar a la Razón como un proceso?

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La razón en tanto donación de sí (dar razón) sólo es una herramienta vista a toro pasado, cuando –se- ha efectuado su reterritorialización, repliegue o refundación correspondiente, muy diferente ‘al acto o el proceso propiamente griego, que no se puede convertir en un acto fundador, sino en un acontecimiento singular en una cadena quebrada’. La reflexión racional no sólo llega tarde a los acontecimientos, es que además o viene con prisas, dando su golpe de veredicto en un tribunal que la contempla atónita o bien ha dejado de estar imbricada en el acontecimiento. Antes de concebir a la Razón como una facultad autónoma o principio él mismo difuso, fijémonos más bien en su manifestación más inmediata como razonamiento que, en cuanto tal, sólo puede tener como fin último su propio delirio, la búsqueda de lo incondicionado. Abandonando entonces sus movimientos, la actualización de su propia potencia, no es posible determinar la existencia un buen o mal uso de la razón, doble existir que nos dijera ‘voy a pensar bien’; pues de lo contrario nos encontraríamos con la necesidad (por derecho) de otra razón que legitime a la razón insolente. Proyección ésta ad infinitum que busca siempre y fracasa en el veredicto de un juicio cerrado o la estratificación de los procesos de racionalización.

Se dice, por ejemplo, que Leibniz representa o fue el embajador del delirio de la razón con miras a justificar la potencia expansiva de la misma, mas ¿el filósofo no sólo ejercería como tal en calidad de simulacro?; al exponerse a la intemperie, la razón únicamente puede –en el sistema leibniziano- buscarse un cierre o clausura bien en el continuo (continuum), bien en medio que de toda gracia (Dios o razón suficiente). En este sentido, la razón es un residuo que hemos llevado al dominio de lo hierático. La razón, allende la superposición de síntesis no planificadas -llámese Naturaleza– se instaura en la prolongación de la semejanza establecida por derecho entre su poseedor y lo poseído (objeto).

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Habiendo leído en el blog de Mariano Cruz la entrada titulada ‘¿Se puede ser nietzscheano y hegeliano a la vez?’, me gustaría hacer una serie de anotaciones al respecto.

Uno de los problemas a los que Deleuze se enfrenta en Diferencia y Repetición [DyR] es –entre otras cosas – a la relación que se había establecido entre diferencia y negación. Y es que la negación era finalmente para Hegel, un escudo de contención que ponía a salvo al Ser contra sí mismo, privando entonces a la negación de su potencial transgesor. De esta forma, el devenir para Hegel siempre será ‘devenir del Ser’, mientras que no existiría ningún ‘ser del Devenir’ que no quedara re-sumido en el Ser,  puesto que es el Ser el que deviene. En este sentido, y contra Hegel, Deleuze es muy claro: El Ser se dice del Devenir y no a la inversa.  O mejor: el Devenir es el ser de lo que deviene. No podemos tampoco olvidarnos de la famosa omnia determinatio est negatio, pues Deleuze entiende la determinación como un proceso-estado de diferenciación, una determinada serie ‘consistenciada’ o con duración que emerge del Caos-Caosmos. El filósofo francés necesita abrirse al Devenir y no al ser, por eso toma el quadrivium ontológico compuesto de a) lo real b) lo posible c) lo actual y d) lo virtual (Hebe Kaat añadiría e)  espectral) para dar cuenta de la riqueza llámesele ‘ontológica’ del Todo. La determinación (distinguir, diferenciar, establecer los términos de algo) juega en ese quadrivium en tanto ese algo está él mismo en devenir, como producto y como proceso. Además, la determinación de ese algo queda expresada no sólo por sus términos, sino también por sus relaciones. ¿No es un pensamiento el de Deleuze realmente traumático para toda la filosofía de la clausura? Pues la filosofía deleuziana deja a todos los cuerpos en relaciones asimétricas y recíprocas de desaforamiento, encarnizamiento y devoramiento, del mismo modo que de interiorización, alianzas, etc. En una palabra: Deja a todos los cuerpos afectándose y siendo afectados entre sí en una vorágine universal.

Ahora bien, mientras que es cierto que Deleuze no escribe un libro sobre (la filosofía de) Hegel, ello no quiere decir que no le interesara lo más mínimo: De hecho Hegel está presente como cadáver al que ya se le ha realizado una autopsia cuyo diagnóstico revela el sometimiento de la diferencia a la Identidad. Este cadáver autopsiado es lo que suele llamarse ‘influencia hegeliana en Deleuze’. Pero, ¿cómo no iba a influirle? ¿cómo no iba a desatar el nudo hegeliano si no era a través de un Deleuze igual a sí-mismo como otros, vale decir Nietzsche, vale decir Spinoza, vale decir Bergson (y el olvidadísimo Bateson), et al.? Nadie dijo que en la filosofía no se necesitaran complicidades y alianzas, nadie dijo que la filosofía fuera una tranquilo paseo de relevos. Y quien lo supuso o supone, no sólo está equivocado, sino que además la filosofía entera y sus fauces acaban engullendo al ingenuo por completo. Por tanto, el escribir un libro sobre algo/alguien nos lleva directamente al plano en el que emerge la pregunta sobre quiénes, qué y cuándo han escrito ese libro, esto es, qué complejo de fuerzas, ‘nombres’ y Welt y Unwelt han llevado a un autor a escribirlo. En el caso de Deleuze, ello no quiere decir de ninguna manera que escribiera sólo versus Hegel. No, pues ahí está Kant, “el enemigo”, y consta que sobre él –en tanto filósofo– sí que escribió e impartió clases. Me refiero en concreto al sucinto libro La Filosofía Crítica de Kant (el cual, IMHO, no es de los mejores de Deleuze) y la excelente clase-seminario que impartió en Vincennes y que ha sido transcrita y publicada por la Editorial Cactus bajo el título Kant y el Tiempo. Y es que, aunque únicamente se hable de las consecuencias de tal o cual filosofía ello supone ya estar hablando del filósofo causante.

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«No hay diferencia entre lo que está hecho un libro y de lo que habla». Esta cita, de Deleuze-Guattari en Rizoma sugiere una clara apuesta por aprehender la narración y la literatura como fundamentalmente materialistas. Pero, ¿de qué está hecho un libro? Si somos capaces de responder a esta pregunta, y siguiendo la fórmula de Deleuze-Guattari, la cuestión sobre aquello de lo que habla vendrá sola.

Creemos que Howard Phillips Lovecraft es uno de esos escritores-límite que mejor pueden ayudarnos en nuestro propósito. A diferencia de Kafka, Lovecraft no hace mención alguna al padre, ni al amor, ni tampoco a la máquina despótica de la Justicia. Así, y pese a los intentos de psicoanalizar a nuestro escritor, todo intento es fútil. Por ejemplo, se ha intentado asociar lo tentacular con el Falo, se ha querido ver, vía argumentos ad hominem, que su escritura es la propia de un neurótico, que todo su terror nace de su orfandad paterna, así como de su estrecha vinculación materna. Desgraciadamente para ellos, lo tentacular es precisamente eso, un agenciamiento de lo extraño (Weird) que deviene más extraño cuanto más toca (a diferencia del fantasma – ghost – que es primeramente visto antes que tocado o dicho vulgarmente, ‘sentido’).

Ya Lovecraft, en El horror sobrenatural en la literatura enfatiza con el mismo título – o si se quiere, refuerza – la concepción generalizada del horror en tanto que éste siempre es sobrenatural. La supernaturalidad lovecraftiana remite más a un desplazamiento e incluso fisura entre la literatura de ciencia-ficción y la clásica novela de fantasmas y encantamientos. Lo supernatural para Lovecraft no son los Dioses, sino otras naturalezas – productivas, productoras – que rebasan esta naturaleza [la nuestra, la del Hombre], aboliendo inmediatamente los privilegios que, irrisoriamente, los hombres se han concedido. El hombre es en Lovecraft menos que un grano de arena en el desierto, insignificante para el universo y realmente nadie lamentaría la pérdida de esta raza. Ahora bien, su insignificancia – debemos decirlo – procede del Afuera, o mejor dicho, es Lovecraft quien saca-hacia-fuera al hombre.

Justamente, la expresión ‘sacar fuera’ implica para Lovecraft el que al hombre se le rescindan todos esos aires superlativos y de suficiencia, todos esos ademanes de héroe, pues no sólo carece de ellos, sino que en lo intergaláctico o en lo Cósmico no hay héroe alguno. Cualquier similitud con el héroe tradicional en las narraciones (desde las clásicas griegas hasta las residuales hollywoodienses pasando por aquellas de caballería y novelas épicas) es sencillamente casual. De hecho, aquello-que-pudiera-ser considerado en la obra lovecraftiana como heroico no encarna ninguna Virtud, no pone punto y final a los sucesos – por no hablar de que el final, en tanto final del relato de nuestro escritor no es feliz, sino provisional – así como tampoco posee ningún don especial. En efecto, los personajes desplazan todo protagonismo, y si consiguen una victoria jamás de ello se deriva el ganar la guerra. Dicho de otra forma, toda victoria es un aplazamiento, es una conjura temporal de lo que podríamos llamar ‘La Gran Imninencia Hórrida’ y sus devastadoras consecuencias en sus actualizaciones. Uno de los aspectos más maravillosos de la opus lovecraftiana es el juego continuo con el hedor, con lo sulfúrico que denota una fuerte presencia, siendo ésta presencia-de-algo, de alguna cosa [pre-] indescriptible. Todo hedor es una intrusión en el cuerpo a través de las fosas nasales, flujos sulfúricos que alteran la normalidad compositiva del enlazado nitrógeno-hidrógeno-oxígeno del aire. Más aún, el hedor en Lovecraft es un signo de descomposición, no sólo de los cuerpos sino, como decimos, de la normalidad pero también de la ‘tranquilidad’ asociada a ella. Y por supuesto, el hedor es insoportable. Lovecraft no cesa de mencionar una y otra vez la composición de aquellos entes que son presentados a sus personajes, no sólo su textura o color, sino justamente su materialidad.

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La Universidad Politécnica de Valencia (UPV) y el GAP (Grupo Arquitectura y Pensamiento) organizan el tercer seminario de arquitectura y pensamiento, cuyo objetivo es trazar y dibujar líneas (nunca mejor dicho) entre la filosofía y las nuevas concepciones arquitectónicas en la actualidad. Si bien las charlas ya han comenzado, creo que aquellas que se darán en 2013 son las más sugerentes e interesantes de todas. Desafortunadamente para mí, no creo que pueda asistir debido a dos proyectos en los que ando metido. Como fuere, expongo a continuación el título de las charlas y quiénes las llevarán a cabo:

  • 11 y 18 de Abril // Martin Heidegger “El origen de la Obra de Arte” y su recepción en la arquitectura. A cargo de Manuel Jiménez Redondo, Universidad de Valencia.
  • 25 de Abril // Hacia una arquitectura líquida. A cargo de Miguel Arenas, Universidad de Zaragoza.
  • 2 de Mayo // Gilles Deleuze y Félix Guattari “Rizoma”. A cargo de Esther Giménez, arquitecta.
  • 9 de Mayo // Crítica de la razón oculocentrista: Hapticidad y polisensorialidad en la teoría arquitectónica de Juhani Pallasmaa. A cargo de David Pérez, Universidad Politécnica de Valencia.
  • 16 de Mayo // Gilles Deleuze, “Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel”. A cargo de Uriel Fogué, Universidad Europea de Madrid.
  • 23 de Mayo // Peter Sloterdijk: Esferas I. Burbujas. Microsferología. A cargo de Fernando Espuelas, Universidad Europea de Madrid.

+ info & contacto:

/ Localización: Sala de conferencias ETSAV

/ Web: www.gaptallerh.blogspot.com

/ Teléfono de la organización: 0034654508486


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El magnífico libro de Jorge Fernández Gonzalo titulado Filosofía Zombi parece no haber tenido el éxito que debiera, más allá de la satisfacción del propio autor por haber quedado finalista en el Premio Anagrama de Ensayo, y es que es un libro que a pesar de haber tendido un grácil puente y guiño hacia los Z-inéfilos no por ello abandona el rigor filosófico; y es que es posible que quien ojee el libro en un primer momento piense o concluya que se trata tan sólo de un review de películas sobre muertos viventes y otras desagradables formas andantes. En cambio, si ahondamos un poco en la obra de Fdez. Gonzalo, veremos que elpropósito de Filosofía Zombi es muy claro: llevar la figura del zombie a la filosofía, con el objeto de considerarlo y trabajarlo como concepto.

El zombie “representa la fuerza de lo ignoto” y, como apunta  Canetti, “nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido”, frase ésta que concuerda a la perfección con aquella de Lovecraft en su Horror Sobrenatural en la Literatura: “Una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el miedo a lo desconocido”. Sea como fuere es claro que por causa del miedo surge una paralización o detención del habla, una dislocación del lenguaje. Esta paralización indica la dificultad de dar representación al objeto del miedo, así que el miedo a lo desconocido supone la total imposibilidad de rendir representación alguna, pues eso que es desconocido está ahí, pero no está ahí con nuestras  categorizaciones y especificaciones. Pero para Fernández Gonzalo, la filosofía zombi es algo más que dar cuenta de la incapacidad del lenguaje para asir el Fenómeno-Z; Pensar el zombie es pensar lo impensable (aunque en este punto difiero, pues estimo que ello no es pensar lo impensable, sino un impensable). La filosofía zombi asume “pensar el desgarro” entre palabras y cosas, sujetos y objetos, que sigue Gonzalo es “pensar los desgarros propios de la presencia […] que nos llega al zombie”, enfrentarnos a una entidad sólo apre(he)ndible gracias a una mirada gore-heurística, visceral.

Fdez. Gonzalo entiende lo Otro radical como Zombie; éste encarna bajo una forma peculiarmente pestilente la interioridad que nos habita y la inhumanidad que nos recorre. Si un zombi pudiera hablar, probablemente diría exactamente lo que Deleuze y Guattari apuntan en Mil Mesetas: “nosotros no nos interesamos por los caracteres, nosotros nos interesamos por los modos de expansión, propagación, ocupamiento, contagio, poblamiento. Yo soy legión.”

En esta dinámica de plaga, el pensamiento y la mirada son trabajados por un espanto que se eleva a niveles geocósmicos; espantos que Lovecraft transcribe desde una una posición y Stimmung gótica de verdadero Terror Cósmico Materialista. Situado entre la fascinación y el delirio, Freud introduce la noción de ‘siniestro’ (del al. Umheimlich, no-familiar, xenóctono, desconocido) que acontece cuando nuestros deseos devienen simultáneamente realidad o, mejor aún, el entorno delira nuestros deseos, con la inevitable consecuencia de un espanto cósmico que ya está aquí y que tan pronto nos bloquea como nos desterritorializa súbitamente (¿Será uno causa del otro o será al revés?). Y es que lo Siniestro – nos dice Mark Fisher – no deja de asociarse ‘con la pregunta precisamente acerca de aquello que no debería estar vivo pero actúa como si lo estuviera’.

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Un post en el blog Demonomania Nation (DMN) me ha recordado bastante a la gran pequeña serie de posts en torno al Vitalismo Monstruoso [aquí, aquí y aquí] en otro magnífico blog. Mientras que en el texto de DMN expone sucinta pero elegantísimamente bien la vinculación entre parte de la filosofía de Arthur Schopenhauer y la literatura de H.P. Lovecraft, en Nihil Dynamics parece ser Henri Bergson y Unamuno quienes acompañan al oscuro escritor de Providence. Las alianzas contra natura en materia de investigación, expresión y creación filosófica no tienen por qué terminar con una tragedia filosófica pero, como bien dice Hebe Kaat, la filosofía no puede desprenderse de la tragedia y, por qué no, del trauma. Pareciera entonces que más que terminar, comienzan con una tragedia o trauma que, de alguna forma, acompaña a esta máquina de producción conceptual de manera insoslayable.

Este componente trágico-traumático de la filosofía nos abre efectivamente a reconsiderar o enfocar de manera muy diferente los grandes temas de la filosofía: Dios, alma, mundo. Pero más allá de estos noúmenos que, al decir de Kostas Axelos no reflejan sino la ‘pobreza del pensamiento humano’, nos abren y nos abrimos a xenoúmenos como  voluntad, abismo, universo, caos, devenir, espectro, multiplicidad, complicidad, hiperfinitud, oscuridad, etc. Y como se verá, estos dos pequeños escritos o starters en DMN y Nihil Dynamics ofrecen por sí mismos un clamor que no se puede obviar fácilmente. En Demonomania leemos:

 ¿Acaso no podríamos afirmar que Nyarlathotep, el caos reptante, es el triunfo de la voluntad como realidad cósmica? Es el desorden, el caos, lo que es nada absoluta en y por sí mismo. Es la fuerza maravillosa y terrible que permite la existencia del universo, es todo aquello que sólo se puede contemplar a través de la depreciación más absoluta de los sentidos. Para Schopenhauer la razón nunca podrá conocer la realidad, por eso sólo el arte, la religión y la mística podrán caracterizar el auténtico carácter de la voluntad, permitirnos ver levemente el mundo tal y como es; ante Nyarlathotep sólo se pueden presentar tres aspectos: el arte, el culto y el delirio. Y una vez se ha entrado en contacto con él, se alcanzó una catarsis profunda donde se le ha visto, sólo cabe caer en la locura de vivir en una realidad que sabemos ya que no es más que una sucesión infinita de bocas deseando triturar nuestros cuerpos. El niño viejo siempre vio lo que se escondía detrás del velo de maya, la realidad brutal que caprichosa nos despedaza día a día en las tinieblas.

Si bien no termino de estar de acuerdo con la inclusión de la realidad en todo este asunto (aunque entiendo perfectamente a qué se refiere el autor), lo cierto es que el desplazamiento de la voluntad a través de nociones como ‘caos’ y ‘nada en sí misma’ son francamente adecuadas para poder anunciar y expresar aquello por lo cual nos salvamos y por lo que sin remedio, nos condenamos. Si la razón para Schopenhauer no es más que un refinamiento de la voluntad, y si la voluntad es una fuerza anónima, ‘deseo informe’ y oscuro (à la Deleuze-Guattari), ya no se trataría de un fracaso de la razón por conocer o no poder conocer la realidad, sino más bien de que la realidad la conocemos demasiado en tanto residuo de la duración del Universo (Bergson); realidad que se diviniza para salvarnos del Abismo (Unamuno). En palabras de Hebe Kaat:

Está claro que una “conciencia” que ha experimentado una trayectoria larga de dolor para labrarse querrá saber si su sufrimiento ha tenido sentido, el famoso “para qué” que le justifica el seguir viviendo sin tirarse por la borda antes de tiempo. Dicha conciencia padece entonces la tragedia de esa Vida en todo su esplendor terrible: al buscar un para qué redentor alimenta su impulso de conservación que lo salve de la respuesta más terrible que podría imaginarse: que el para qué sea un para nada. Dios nace del abismo más oscuro de la finitud, Dios vivo o Dios como último concepto racional explicativo, Dios como Fin o dios como Causa. Obviando el componente teológico del vitalismo, Dios puede ser llamado Universo, conciencia universal, plano único de inmanencia en el que todo es absorbido y que es absorbido por Todo, punto culminante de la conflagración universal.

De manera que la razón no busca conocer la realidad, ni la realidad de; la razón es un elemento clave, sí, pero no el único en el mapa de navegación o cartografía del Devenir o, si se quiere, del Universo. ¿Acaso no sería ya necesario plantearnos la Idea del cómo tanto como el cómo de la Idea?  Esos ‘monstruosos dioses primigenios anteriores a la realidad misma’ nunca nos han abandonado y es muy probable que jamás lo hagan. La realidad como residuo es carne para los Dioses y éstos siguen perfectamente la lógica de la pérdida: Si quieres conocer, prepárate para (conocer) la demencia. Podríamos acercarnos a la oscilación entre saber y no-saber, conocer y no-conocer, a través de la vasta obra de George Bataille, facilitándonos enormemente la comprensión de qué es lo que está en juego en la filosofía en tanto mathesis traumática. Pero antes que añadir una cita del filósofo francés, prefiero mostrar una de Nihil Dynamics:

[Afirmar el] roce de lo inmanente con lo trascendente, sea cual sea el grado y la naturaleza de lo uno y lo otro. Si el vitalismo es trágico, como decíamos, si depende de una lucha que no se resuelve más que por una apuesta en la que decidimos creer, si está condenada a una agonía eterna en la que lo único que permanece es el cambio, y nada más, ¿se anulan por tanto las grandes potencias metafísicas del Ser y la Aniquilación?

Esta pregunta y otras tantas pueden ser respondidas satisfactoriamente a la luz oscura de una filosofía herética y necesariamente obsesionada con el navegar. Hemos caído en el océano y nos sumergimos en las zonas hadales. Tan sólo tenemos un breve lapso de tiempo para poder expresar lo que allí se vio y lo que nos espera por ver.

P.S. Soy perfectamente consciente de que este desestructurado post no refleja ni de lejos la riqueza de contenido existente en Nihil Dynamics y en Demonomania Nation. La intención no es otra que la de intentar abrir boca para lecturas y visiones profundas y para-académicas de filósofos, científicos, literatos y artistas que abran el horizonte de pensamiento tan cerrado y denostado hoy día.